Andrés Crespo

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Acerca de Lo Invisible

“Lo invisible” de Javier Andrade es la primera película que veo en una sala de cine desde que comenzó la pandemia.


Entrar a ese lugar tan familiar sucedió con una naturalidad extraña, enrarecida, como si se tratara de una falsa memoria o de un sueño recordado súbitamente a media tarde.


Cuando me senté no me había dado cuenta de que habían pasado más de dos años sin ir al cine, pero la película, quizás por la mitad, me lo recordó, cuando me di cuenta de que estaba viendo una historia cuyo tránsito es solo interno, cuyas imágenes son el revestimiento de un proceso interior, de un sentimiento íntimo y de un dolor extraño, ajeno pero a la vez sospechosamente familiar. Las imágenes que por encima me parecían de un frío polar, las terminé sintiendo de una honestidad hiriente y casi ofensiva, lo cual en un salto que me arrancó una lágrima, me llevó a darme cuenta de que lo que había vivido en Guayaquil en los últimos tiempos eran exactamente lo mismo que vivía el filme: un trauma inenarrable cuyas profundidades y heridas subyacentes no logramos ubicar del todo, una devastación con aristas vastas, insospechadas, demasiado amplias como para ser aprehendidas aún, tan profundas que solo podrán ser vistas mejor con la perspectiva del tiempo y la distancia.


Y así está Anahí Honeissen a través del filme: aparentemente lúcida pero perdida, aún en llamas, encerrada en su propio drama, fingiendo bienestar, buscando la salida al laberinto de su burguesía terminal e inescapable, verdaderamente brutal e inmaculada en lo que debería ser llamado la encarnación impecable de una aristócrata fuera de control.


Al final del día recordaré a “Lo invisible” como la película que me liberó de miles de horas de televisión moderna y plataformas interminables, la que me recordó que el ver una película no es solo el acto onanista y fácilmente desechable que uno tiene al alcance de la mano, si no un compromiso con la belleza y el interior de otro ser humano, de una artista quien por su naturaleza intrínseca solo puede proponerte algo bello y poderoso, que se entrega en tus manos con el desparpajo de haber hecho todo lo posible para llegar a tu centro y hacerte sentir que él está ahí, que ella está ahí, que todos están ahí y que tienen algo que decirte, y que debes escucharlos, que se merecen tu tiempo y un poco de tu cordura, y que han creado una hora y media que te recuerda el valor real de estar sentado en una silla en una sala de cine. Gracias a todos por acompañarme en mi retorno a la oscuridad. Ha sido un baño de belleza y de verdad. Abrazos y salud.