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Mil noches y una

Es mejor sí hablar de ciertas cosas: Javier Andrade y un cine ecuatoriano cada vez más visible.




Anahí Hoeneisen, coguionista y protagonista del más reciente filme de Javier Andrade.


El cine de Javier Andrade (Portoviejo, 1978) es un cine sin concesiones. Historias que golpean al espectador, con personajes que se apoderan de la pantalla, copándola con sus desnudeces más intrínsecas. Historias genuinas, nada acartonadas, sin venias a fórmulas comerciales. Este máster en dirección de cine por la Universidad de Columbia ha incursionado con éxito tanto en el documental, la ficción y el teatro. En este último género puso en escena Oleanna de David Mamet en 2019.


Su ópera prima, Es mejor no hablar (de ciertas cosas) (2012), ya nos ofrecía un bestiario de seres más marginados que marginales en un pueblo de la provincia costera de Manabí con el parricidio y las drogas como ejes temáticos. Este filme fue muy visible internacionalmente: ganó premios a mejor película y mejor director en el Festival de cine de Cataluña, España; mejor película en el Festival de cine de Las Américas, USA y mejor ópera prima en el Festival de Santo Domingo, República Dominicana.


Estas preseas refrendaron el talento narrativo de Andrade y pusieron en la palestra una historia turbulenta que ostentaba dos cimientos importantes: el realismo desenfadado y ultra coloquial en lo actoral, además de una banda sonora inusual con el punk como protagonista. Curiosamente dos filmes con el punk como leit motiv siguieron la estela de Es mejor no hablar (de ciertas cosas): Sin otoño, sin primavera (2012) de Iván Mora Manzano y No robarás (2014) de Viviana Cordero.


La casa del ritmo: Los amigos invisibles (2012) sobre el grupo venezolano de dance funk fundado en 1991, con ecos de El último valse de Martin Scorsese, presentaba uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo: las manifestaciones underground que no llegan a ingresar al mainstream en el marco del debate de la alta cultura versus la baja cultura. El dilema quizá es resuelto por la presencia de David Byrne en la mitad del documental, apadrinando la grandeza del grupo contando la forma en que los conoció y llegó a producirlos. Con imágenes de archivo y registros en vivo de conciertos, se pasa revista a la carrera de una banda con una propuesta singular de rock, acid jazz, calipso, salsa y merengue, hibridez tamizada en todo momento por el funk.


52 segundos (2016) fue un trascendente documental de coyuntura, filmado cámara en mano, sin guion y sin equipo de producción. A través del recurso de la polifonía, Andrade construyó un testimonio, entre ruinas, de las víctimas sobrevivientes del terremoto que afectó a la costa ecuatoriana. Se trata del único largometraje documental sobre la catástrofe que dejó casi mil fallecidos, 29.000 damnificados y más de 6.000 heridos. Contado a la manera de un registro familiar (el núcleo más cercano del cineasta fungía de protagonista) es un canto de vida en medio de tanta mortandad. Se trata de su filme más personal.


Lo invisible (2021) empieza con la respiración agitada de la protagonista que camina descalza hacia una gran gruta oscura a través de un sendero entre árboles y hojarasca, imagen onírica que se repetirá al final. El ambiente bucólico va adquiriendo paulatinamente un aire de pesadilla a medida que la trama desovilla sus nudos. Durante los primeros 10 minutos casi no hay diálogo cual película silente. Asistimos al regreso de Luisa al hogar: una casona ubicada en Puembo. Víctima de un síndrome posparto, la mujer de cuarenta y cinco años, estuvo a punto de matar a su bebé recién nacido. Su reencuentro con el infante y con cada uno de los miembros de su familia, después de ser dada de alta de una casa de reposo, es un viaje de dolor y desencuentros.


Su instinto materno la insta a buscar a su bebé, pero el rechazo se traduce en un llanto infantil incontrolable, que hace que la niñera colombiana (guiño a los procesos migratorios) se haga presente para el rescate. No vaya a ser que Luisa quiera intentar algo malo de nuevo con la criatura. No puede ser madre, esposa o amiga, en medio de su abismo emocional. La relación con su consorte está tan mustia que un acercamiento físico termina con una mordida agresiva de ella. Tampoco puede reconectarse con su hijio adolescente que usa el bosque como campo de paintball con sus amigos o con los miembros de la servidumbre.


Luisa hace sus primeras incursiones fuera del perímetro de la casona como si estuviera aprendiendo a caminar de nuevo. Hace jogging pero no alcanza distancias portentosas. Cuando hace su primera salida en auto, Luisa en medio de la comarca frena bruscamente al son de Las mil y una noches del grupo mexicano ochentero Flans, canción perfecta para señalar una ruptura sentimental. Rompe en llanto porque sabe que su vida no podrá ser la misma de antes. Acostumbrada a los privilegios de la clase alta, vive enrarecida con la certeza de no poder encajar en ese mundo de country club, mucamas, chofer, jardinero, autos de colección, marido cuya amante es la profesora de piano de su hijo…


Los asuntos invisibles son notorios: la enfermedad mental, el matrimonio sostenido por las apariencias, las relaciones de poder con el subalterno, la hipocresía burguesa, la lucha de clases… El ambiente rural, completamente bucólico, resulta perfecto para la puesta en escena de estas contradicciones, eliminando el espacio citadino como el punto de confluencia.


La misa en abismo de Andrade nos propone referencias de Altman, Bergman, Dassin y, sobre todo, Joseph Losey. En la escena de la fiesta del primer acto presenciamos la desconexión de Luisa de su grupo social. Cada vez más enajenada de familiares y amigos suena All Gone, con letra de Harold Pinter. Se trata de una aguda referencia a The servant (1963) que también nos presenta una historia opresiva entre clases sociales, con un ambiente de pesadilla que va deteriorando la sique de su protagonista. La canción de Cleo Lane resuena con lastimera belleza como la máxima canción del desamor y la desesperanza.


La casona se erige como un espacio protagónico con sus inmensos ventanales que permiten verlo todo cual una pecera. Afuera la inmensidad del bosque, la presencia de la montaña y la niebla que es el velo que oculta no sólo la realidad, sino también lo identitario. Un lugar importante también es el jardín que actúa como el proscenio de un teatro y los senderos que conducen hacia los árboles que fungen de vías de escape hacia otra realidad: esa gruta oscura que espera a Luisa como una metáfora de la muerte.


La enorme jaula de vidrio permite la visión de panóptico: no hay secretos para nadie. Hay momentos en los que la cámara nos sorprende captando el reflejo de Luisa en el vidrio. Imagen de una imagen. El problema de la identidad de la mujer atraviesa toda la historia. El vidrio también es algo que Luisa, descalza, se ve urgida a pisar para hacerse daño y constatar que está viva. El automutilarse, según el text book del suicida, nace de la incapacidad de soportar ese dolor sicológico que la actriz manifiesta de manera excepcional.


El trastorno borderline del personaje femenino está muy bien trabajado desde el punto de vista actoral. El dolor de la autolesión es el que la urge a traspasar los límites de sí misma. Hay un marco con tintes sicóticos en su accionar que está brillantemente expuesto en la actuación. Véase la escena del estacionamiento en el que intenta dañar el lujoso auto de la profesora de piano con algo menos peligroso que un rayón. La amiga que la acompañaba la deja botada, acentuando ese rechazo de la sociedad que ya se vio en la fiesta que se erige como detonante narrativo.


Quizá la escena más sugerente del segundo acto sea el enfrentamiento de Luisa con la joven profesora de piano. Le da una lección de afectos y lazos familiares al enumerar los nombres de todos los que conforman la servidumbre (otra vez el fantasma de Losey), con el tiempo que cada uno lleva trabajando en la casona. Luego le habla en alemán (la chica estudió música en Viena) para dejar bien claro una de las premisas del filme: la lealtad familiar no se rompe desde afuera.


El alemán no es la única lengua presente. Está el quichua en boca de la nana Rosita. La anciana indígena cumple un rol oracular. Es como el ama de llaves que controla todos los aspectos de la casona. El cántico que entona casi al final del segundo acto expresa el dolor que se siente en todo el núcleo familiar. Esta propuesta de disglosia (dualidad de lenguas presentes en una comunidad) es una preocupación estética de algunos filmes ecuatorianos. Quizá Qué tan lejos de Tania Hermida sea uno de los que mejor refleja esta dualidad. El alemán vendría a ser el idioma alternativo a esa disglosia y representaría de cierta forma ese trastorno borderline de Luisa. Esa lengua se convierte en el arma para agredir a su joven rival. El quichua vendría a ser la lengua que representa el espíritu ancestral de la casona, con la nana como la guardiana del tiempo histórico.


El gran pilar de este filme es Anahí Honeneisen (co-directora de Ochentaysiete y Esas no son penas), quien interpreta a Luisa. Estamos ante un notable solo de mujer con todas sus perturbaciones y aristas patológicas. El personaje está construido con meticulosidad no sólo en lo físico, sino que lleva lo intrínseco hasta los límites más terribles. El título nos puede remitir a un puñado de interdictos, pero es ella quien mejor lo representa. De hecho, en su discusión con la joven música ella deja bien en claro: «Hoy yo soy la invisible». No se trata de un rebuscado asunto lacaniano, es un drama existencial. En el palimpsesto social ella se borra y se escribe continuamente sin llegar a existir completamente.


Si algo nos enseñó la pandemia es precisamente a justipreciar el tema de la salud mental. El Gran Encierro, como se lo llamó a la obligada reclusión mundial, exacerbó todo tipo de males sicológicos. En el estado de peste (más grave que el estado de sitio o el estado de excepción) el síndrome de la depresión posparto es el basamento de una historia que capta el espíritu de estos tiempos aciagos. Nunca en la Historia el ser humano ha estado tan solo pese a cualquier acompañamiento. Javier Andrade nos lo ha recordado visibilizando todo lo escondido.




Nota publicada en Mil noches y una: https://bit.ly/LoInvisible-Mil-noches-y-una